El
CO2 también es negocio (y opaco)
La compensación voluntaria de emisiones ya mueve más
de 1.000 millones al año, a menudo sin garantías
de que beneficie al medio ambiente
R. Méndez / 27-12-2007
Si compra un Volkswagen Polo Blue Motion, la empresa afirma que
plantará 17 árboles en la Sierra de Segura y que
estos absorberán tanto CO2 como el que emitirá el
coche durante los primeros 50.000 kilómetros; la empresa
Forlasa sostiene en su publicidad que compensa las emisiones de
dióxido de carbono que genera su queso manchego; Liberty
Seguros ofrece una póliza que por 20 euros más al
año compensa las emisiones de CO2 de un coche; la cumbre
de Bali generó tanto CO2 como un país del tercer
mundo pero no pasa nada: Indonesia plantó a cambio miles
de árboles.
En el último año empresas particulares, torneos y
hasta automóviles se han apuntado a la compensación
voluntaria de emisiones, un negocio que mueve unos 1.000 millones
de euros al año, parte de ellos sin control, y que supone
una especie de bula ecológica. No importa cuánto
contamine uno siempre que luego pague por ello.
"Nos parece bien que muchas empresas y particulares asuman
compromisos voluntarios de reducción de emisiones, pero
la sociedad tiene derecho a saber cómo se está haciendo",
explica el secretario general para el Cambio Climático del
Ministerio de Medio Ambiente, Arturo Gonzalo Aizpiri. Por eso,
el Gobierno ultima un registro en el Observatorio de la Sostenibilidad
del ministerio y la Universidad de Alcalá de Henares para
que de forma medible, creíble y controlada se sepa cuántas
emisiones reduce cada empresa de forma voluntaria. Para que exista
un sello, al igual que para los alimentos ecológicos, que
certifique que efectivamente se está reduciendo el CO2,
principal responsable del cambio climático. Este dióxido
de carbono se acumula en la atmósfera, retiene parte del
calor que emite la Tierra y calienta el planeta.
Alejandro López Cortijo, director para España de
Ecosecurities, una multinacional dedicada a compensar las emisiones,
explica el negocio: "Le decimos a las empresas y a los eventos
cuánto CO2 emiten. Buscamos proyectos de energía
limpia, como una central hidráulica en América Latina,
los financiamos y ofrecemos las emisiones de CO2 que eso ahorra.
Todo el proyecto
está controlado por Naciones Unidas y por los Gobiernos
afectados".
Ecosecurities tiene 140 millones de toneladas de CO2 en cartera,
un tercio de lo que emite España al año. Creada en
1997, la empresa cotiza en bolsa y compensa las emisiones de Nike
o de los condados de Klamath y Lake Counties, en Oregón.
La firma, una de las mayores del negocio del CO2, nació al
abrigo del Protocolo de Kioto. En 1997, el protocolo obligó a
36 países desarrollados a reducir sus emisiones un 5,2%.
A los que no lograran sus objetivos, les permitió comprar
de derechos de emisión e ideó los mecanismos de desarrollo
limpio: inversión en tecnología limpia en países
en desarrollo para descontarse esas emisiones evitadas en el país
rico.
Este sistema movió 22.500 millones en 2006 y Naciones Unidas
calcula que en 2012 habrá evitado la emisión de 2.600
millones de toneladas de CO2. España calcula que tendrá que
invertir 3.000 millones en cupos de emisión y en mecanismos
de desarrollo limpio para cumplir Kioto.
Conforme el cambio climático calaba en la conciencia y las
empresas pugnaban por ponerse el sello verde, surgió el
mercado voluntario de emisiones. Se trata de empresas, ONG, fundaciones
que ofrecen la compensación de emisiones sin que estén
obligadas.
La empresa Liberty seguros en España, por ejemplo, asegura
que compensará las 4.853 toneladas de CO2 que emite al año
por el consumo de electricidad, papel y desplazamientos. Liberty
afirma que a través de la Fundación Ecología
y Desarrollo plantará en tres años 240.000 árboles
en Costa Rica que capturarán 37.600 toneladas de CO2.
Esa fundación es una de las más activas en España.
Su volumen de negocio da idea de cómo ha evolucionado el
mercado. En 2005 compensó 645 toneladas de CO2 y en 2007
multiplicará por 11 esa cifra, hasta las 7.515 toneladas.
Esta fundación fue la elegida por Medio Ambiente para compensar
las emisiones de las más de 40 personas que desplazó a
la cumbre del clima de Bali. Lo hará construyendo una central
minihidráulica en Sumatra (Indonesia).
López Cortijo afirma que en 2006 los mercados voluntarios
movieron 300 millones de euros, cuatro veces más que el
año anterior y cuatro veces menos que en 2007, por lo que
ya supera los 1.000 millones. Un sector que multiplica por cuatro
su negocio al año parece una burbuja.
Al calor del dinero han surgido empresas que sin control venden
el sello verde. La estadounidense Planktos pretende fertilizar
con 100 toneladas de hierro una zona muerta del Atlántico.
Ese es el hierro que le falta al océano y, en teoría,
al fertilizarlo permitirá el crecimiento masivo de plancton.
Ese plancton, al igual que los árboles, absorbe CO2 al crecer
y la empresa quiere vender los derechos de emisión.
"Pero muchos de esos sistemas no están certificados.
Tu tonelada de CO2 vale algo si alguien confía en ti, pero
nada si no eres serio. Y están proliferando firmas que ofrecen
cupo de CO2 sin control", añade López Cortijo.
El precio de la compensación oscila entre los cuatro y los
20 euros por tonelada. Si alguien se las ofrece más baratas,
desconfíe. Un viaje de dos personas de ida y vuelta entre
Madrid y Nueva York supone la emisión de 7,38 toneladas
de CO2 más que lo que emite un chino medio al año.
En la web Ceroco2 puede calcular sus emisiones, no sólo
de los desplazamientos sino de su vida diaria. Cada vez que enciende
la
luz, la térmica en la que se genera la electricidad emite
dióxido de carbono. Un español medio emite casi 10
toneladas de CO2 al año por lo que compensarlas costaría
más de 40 euros por persona al año. Pero si se quiere
compensar las emisiones con todas las garantías el precio
se dispara, ya que la tonelada Gold Standar (el certificado más
exigente) ronda los 17 euros.
Otro problema es que muchas de estas compensaciones se hacen mediante
reforestación, que tiene dos pegas: que absorbe CO2, pero
sólo hasta que arda el bosque. En ese momento, emite de
golpe todo el dióxido de carbono. Y dos: que se paga ahora
por lo que absorberá en las próximas décadas,
pero no por lo que contamina ahora mismo. El efecto sobre el medio
ambiente es, como mínimo, retrasado.
El sistema es éticamente discutible porque aunque compensar
emisiones está bien, es mejor ahorrar. Si en vez de 15.000
personas, en Bali se hubiera reunido la mitad el resultado habría
sido el mismo pero el derroche mucho menor. En el país asiático
todo el mundo anunció que compensaría sus emisiones
(incluso países enteros, como Costa Rica, Noruega o Nueva
Zelanda, que anularían sus emisiones). Sólo el alcalde
de Nueva York, Michael Bloomberg, se salió del guión: "Sé que
muchos han venido aquí nadando o en velero, pero yo he venido
en avión. Y lo he hecho porque creo que mi presencia aquí servirá de
algo, que ayudará a reducir más emisiones que las
pocas que originará con mi viaje".
Ignacio Jiménez, de Liberty Seguros, niega que su estrategia
sea maquillaje verde: "Nos hemos comprometido a reducir un
6% el consumo de energía y a compensar las emisiones hasta
de los 5.000 vuelos al año de nuestros empleados. No somos
oportunistas, es que el desarrollo sostenible es rentable. Al ahorrar
energía, ahorramos dinero".
El negocio del CO2 voluntario se suma al que ya afecta obligatoriamente
a las eléctricas. Éstas recibieron gratis del Gobierno
entre 2005 y 2007 derechos para emitir 85,4 millones de toneladas
anuales de dióxido de carbono. Esos derechos acabaron formando
parte del precio de la electricidad y el Gobierno ha decidido restarlos
de las cuentas del sector. Las eléctricas van a tener que
devolver 1.200 millones por 2006 y 2007. La cuenta puede engordar
aún más en 2008 ya que, según los cálculos
de Industria, el sector eléctrico,-soliviantado como nunca-
tendrá que descontar el próximo año otros
1.450 millones.
La sensación en el sector energético es que esto
va en serio. Tras el ensayo pre-Kioto, desarrollado entre 2005
y 2007, llega la hora de la verdad. El valor de la tonelada de
CO2 va a ser otro. En los últimos años, el mercado
de compraventa de derechos se ha hundido. La tonelada de CO2 para
las empresas está por los suelos. Vale céntimos de
euro porque los derechos asignados en toda la UE hasta 2007 fueron
excesivos. Con el exceso de oferta, los precios se fueron derrumbando
desde los 30 euros de principios de 2006.
Pero las perspectivas, ahora que ha acabado el periodo de ensayo,
son otras. Los derechos de emisión se han ajustado y el
precio del CO2, según la mayor parte de los analistas, va
a subir. Para el sector eléctrico español, frente
a las asignaciones del periodo 2005-2007 (85,4 millones de toneladas)
se han autorizado 54 millones de toneladas anuales en el periodo
2008-2012. El recorte se impulsa desde Bruselas y sobre esa base,
las previsiones apuntan que costará entre 16 y 38 euros
durante los próximos cuatro años.
Los expertos parecen estar de acuerdo en la importancia que tiene
ya un nuevo coste, el de contaminar, que ha surgido como consecuencia
de las nuevas necesidades del mundo desarrollado. Ya no es posible
un desarrollo a toda costa, sino que la sociedad exige una apuesta
clara por la sostenibilidad. Éste es el contexto. Pero en
el mercado, especialmente en el nacional, hay una pugna para determinar
quién paga y cuánto paga. Iberdrola, con una posición
fuerte en las tecnologías menos contaminantes, ha criticado
con fuerza el nuevo plan de asignaciones para los próximos
cuatro años.
Según su análisis, la mayor parte de los derechos
de emisión del sector eléctrico van a parar a las
plantas de carbón ya amortizadas y más emisoras de
gases. Además, el nuevo Plan, argumenta, otorga casi el
60% de los citados derechos a las centrales de carbón, que
suponen solamente el 40% de la potencia térmica instalada
en el sistema peninsular susceptible de recibir derechos de emisión.
Según la visión más crítica, el Gobierno
ha perdido una oportunidad para primar las inversiones en la mejor
tecnología de generación térmica para reducir
las emisiones -los ciclos combinados-, lo que podría desincentivar
la inversión en las nuevas plantas. El Ministerio de Industria
recibe las críticas con resignación. El secretario
general de Energía, Ignasi Nieto, considera que se ha hecho
lo mejor, dentro de lo posible y sin tentar a la suerte en Bruselas.
En el caso español, señala un alto cargo del Gobierno,
los derechos de emisión "han sido la única forma
justa de meter mano a las cuentas de resultados de las compañías" y
rebajar el ingente déficit que soporta el sistema. Ese déficit
-la diferencia entre lo que pagan los consumidores en el recibo
de la luz y lo que le cuesta a las empresas producir a electricidad-
podría superar a finales de 2008 los 12.000 millones. Es
una cifra peligrosa y de pago aplazado. Las empresas tienen derecho
a cobrarla y lo harán. Cifras al margen, el Gobierno ha
aceptado la idea de que el sistema de reparto gratuito de derechos
a las empresas ha sido un fracaso. Y a partir de 2012 se impondrá otro
sistema: el de subasta.
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